sábado 14 de abril de 2007

Mentiras

Los relámpagos que causaba la tormenta que acontecía en el exterior eran lo único que iluminaba la enorme estancia donde nos habían hecho esperar, dejando ver su esplendor y su grandeza durante un escaso segundo, acentuando la poesía del momento. Un extenso pasillo ovalado con columnas situadas a ambos lados y una estupenda alfombra del mejor terciopelo conducen hasta la elaborada puerta de la habitación del Cardenal, ante la que nos situábamos mis acompañantes y yo como tres fantasmas que la pérdida de la vida ha hecho inmunes ante cualquier espera. Paradójicamente, pensé, eran nuestras capuchas empapadas por la lluvia y nuestra figura indiferente a la vez que altiva, concentrada aquella noche en un único objetivo, la que nos hacía parecer no solo fantasmas, si no la mismísima imagen de la muerte. No nos importaría serlo para el Cardenal, si con ello conseguíamos nuestros propósitos. No mediamos palabra entre nosotros en los escasos minutos que tuvimos que esperar; no había nada que hablar minutos antes de una reunión, más aún si en esta ocasión era con la persona más importante de la ciudad y posiblemente del país. Todo estaba planificado; el tono de nuestra voz, las palabras que mencionaría cada uno, nuestras respuestas acorde a las réplicas que, según creíamos podía pronunciar el Cardenal acorde a lo que habíamos estudiado de su personalidad -información que siempre nos venía de fuentes externas-, e incluso nuestra postura en caso de que nos ofrecieran asiento o no en la reunión, dependiendo de si el asiento en cuestión consistía en sillas individuales o por el contrario era un sofá, un diván u otro. La llovía era el único sonido que nos acompañó hasta que los motivos dorados de la puerta del Cardenal giraron y la tenue luz de su habitación inundara parte de la gran sala donde aguardábamos junto con nuestros propios rostros, hasta entonces ocultos bajo las capuchas.

Un criado de aspecto juvenil y maneras elegantes nos dio paso, permaneciendo dentro de la estancia y manteniendo la puerta abierta incluso después de que todos hubiésemos pasado. Conforme cruzamos el umbral de la puerta descubrimos nuestros rostros retirando la capucha. No vimos ningún asiento; la reunión tendría lugar con nosotros tres en pie.
Lo primero a realizar era presentarse y saludar al Cardenal uno a uno besándole la mano, tremendamente fría y pálida, mientras realizábamos una ligera reverencia.
Se encontraba postrado en su cama, visiblemente enfermo y tapado por varias mantas decoradas de cien maneras, a cada cual más bella y artística. Se encontraba medio incorporado con la mitad del cuerpo –hasta el pecho- fuera de la cama, apoyado sobre varios cojines que compartían los motivos de sus sábanas. En su siniestra sostiene en todo momento y de manera sutil un pañuelo beige que, apuesto, lleva cosidas sus iniciales por la parte que su mano agarra y no deja ver. Pocos centímetros por encima de su cabeza hay un gran cuadro al óleo con un precioso marco de oro que le muestra junto con toda su familia, preveo que en alguna estancia del Castillo. El pintor ha sabido obviar la debilidad del Cardenal, incluso cuando podía levantarse y no requería de estar postrado sobre una cama. Hay otros cuadros en todas y cada una de las paredes de la habitación, a cada cual más esplendoroso. Del techo de la sala pende una impresionante lámpara de araña que obliga a ser admirada incluso sin estar prendida. Calculo que por si misma tiene más valor que muchos armarios de los que se denominan “nobles”, que sin el impedimento del orgullo y la incredulidad no deberían tener ningún reparo en llamarse a si mismos mendigos al lado de las riquezas y bienes de este hombre. Las únicas luces que iluminan la sala son las de las velas de un candelabro que sostiene el criado que nos dio paso y las de otro, a poco de consumirse, situado sobre un arcón a escasos metros de la cama del Cardenal. Junto a este arcón un hombre que sobrepasa el medio siglo ataviado con una capa -que indica su próxima retirada del lugar- recoge sus artilugios de profesión en una pequeña maleta. Su rapidez en tal tarea y su aparente malestar indican que la prisa que le conduce no es la de marcharse ante nuestra llegada, si no la dificultad, casi imposibilidad, que reside en cuidar al Cardenal y procurarle tratamiento médico para su enfermedad, hasta para alguien como el médico de la familia, que deduzco es él. Al irse apresuradamente nos saluda con la cabeza brevemente y se retira rápidamente, quizá mirando a la nada o a la oscuridad de la antesala donde hace unos segundos mis compañeros y yo esperábamos y que con toda probabilidad este hombre habrá recorrido apresuradamente en multitud de ocasiones y a todas las horas posibles ante cualquier alerta médica del Cardenal. En la mesilla de al lado de la cama de éste un vaso de agua y otro de vino, el segundo más cercano a su persona y más consumido, lo cual confirma aún más mi teoría de su aversión hacía la medicina. Es evidente que es algo que no se molesta lo más mínimo en ocultar, que tal vez incluso quería que se viese, puesto que no va a jugar ningún papel en nuestro posicionamiento cara al diálogo. Trata quizá así de contrarrestar su aparente debilidad con una tenacidad típica de los ancianos, pienso.
Me sorprende ver que, una vez se retira el médico, es el criado quien cierra la puerta tras él y permanece en todo momento dentro de la instancia, durante nuestra reunión. Es mejor pensar que no es del país y tan sólo conoce las palabras básicas de su oficio a que sea un necesitado condenado a la muerte por escuchar más cosas de las que debe, a cambio de llevar algo de dinero a su casa.

Era la tuberculosis y la fiebre unidas a su avanzada edad lo que estaban matando al Cardenal y no sus ansías de poder que, a estas alturas y con todo lo que deseaba en su mano, eran más propiamente deseos de conservarlo.
Al verle, adornado de tal manera en la que muy pronto sería su tumba, me percaté de que la humildad no es un concepto vacío y sin sentido solo para mi, pues el ni siquiera lo ha llegado a conocer. Ingenuamente pensé que podríamos parecernos en ese sentido y que, en otras circunstancias diferentes a las presentes –consistentes en sobreponernos a su persona-, seguramente habría usado esta característica para lograr complicidad hacia él. Si nuestra actuación en la función que era esta reunión diplomática no hubiera estado previamente estudiada y caracterizada por la seriedad y la sutil frialdad, habría esbozado una ligera sonrisa.

Una vez realizadas las presentaciones, acompañadas del nombramiento de todos nuestros títulos y honores así como familiares representativos y respetables, datos todos ellos ligeramente sobrevalorados y exagerados en algún momento, nos retiramos a una distancia que, diplomáticamente hablando, bien podría llamarse prudente. Era nuestra posición a adoptar en aquel diálogo; ataque a través de la propia defensa.

A los escasos minutos de comenzar la reunión, todos nos percatamos de que las fuentes que nos habían hecho una aproximación de su personalidad era totalmente falsas, o de que era un genio del razonamiento y que en realidad pocos que se hayan reunido con el podrán coincidir en haber visto la misma personalidad dos veces. Era el juego de la dialéctica, y él tenía más experiencia que nosotros y por ende más habilidad.

Mientras le exponía mis razones al Cardenal sentía su mirada, severa y superior pero sin mostrar rastro alguno de sorpresa, admiración u otra emoción. Como el maestro que escucha recitar correctamente a su alumno; mostrando atención y entendimiento pero sin sorpresa aparente. Su voz sonaba claramente enferma, incluso cuando la tuberculosis le producía ataques de tos que tapaba con su pañuelo. Inmediatamente se recuperaba y sus palabras volvían a tener una fuerza que obligaba a obedecerle, comprenderle o al menos respetarle.

Éramos conscientes desde el principio de la enfermedad del Cardenal así como de su debilidad, y de ella pretendíamos sacar cierto partido. También conocía la verdad de que solo un hombre que está muy seguro de si mismo permite que sus enemigos -e incluso sus amigos- le vean enfermo y mermado, aunque en el caso del Cardenal aquello era una barrera tremendamente vulnerable para sus propósitos, algo que yo no acerté a comprender hasta que la reunión llevaba cierto tiempo iniciada y el, con una sorprendente habilidad y casi sin habernos proporcionado margen de maniobra, había desviado la conversación hacía donde deseaba. Haber continuado insistiendo en nuestro propósito habría supuesto una clara ofensa, y molestar al Cardenal en algún sentido era algo que nadie cuerdo deseaba hacer por propia voluntad, ni siquiera teniéndole a escasos metros, débil e indefenso. Nos había derrotado verbalmente, con la mitad de palabras que nosotros habíamos requerido para si quiera exponerle nuestra posición e incluso sin darnos cuenta, mientras permanecía postrado en la cama con pocos días de vida en el horizonte, sujetando su pañuelo beige -mal interpretado por mi como símbolo de vulnerabilidad-, observándonos de la misma manera severa que cuando habíamos entrado. Físicamente vulnerable, verbalmente imbatible.

Cuando llegamos teníamos como idea aprovecharnos de un hombre moribundo. Cuando salimos deseamos no tenerle nunca como enemigo, y la lluvia nos recibió como nos sentíamos; derrotados.

Al despedirme aquella noche de unos de mis compañeros, me preguntó:
–“El tiene su talento. ¿Qué tienes tú?”–.
–“Mi orgullo y mi determinación.”– respondí.