Sé que “uno” va sin hache, eso lo que se estila, aunque hay días que me siento el huno como Atila. Y cuando la noche me encandila y me descarrila vuelvo a ser la última de la fila. Y oscila mi ánimo como un vaivén, paso de ser un huracán a un maestro Zen, a veces un volcán con el poder de Superman, y después ya ven, soy Clark Kent.
Veo el futuro y me creo el Rey del Imperio hasta que leo qué dice mi tumba en el cementerio. En serio, si doy corriente como la anguila expira mi pila y me quedo sin un amperio.
Puedo estar en la cima sin nada encima, y bien encumbrada mi estimada autoestima. Para en picada caer de esa tarima y explotar como la bomba que borró del mapa a Hiroshima. Y empeoro como el clima, cambio abrigo por blusa y agarro la bajada acelerada en la montaña rusa. Puedo ser perfecta sin excusas o lo opuesto a la recto como la hipotenusa.
Bajo y subo, freno y sigo, me levanto.
Bip, bip, bipolar.

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